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Energy justice

Cuando el hogar no es un santuario sino una trampa costosa y enfermiza: la relación entre la eficiencia energética doméstica y las pestes

Una factura de servicios públicos costosa y las pestes en el hogar están intimamente relacionados. ¿Por qué nadie habla sobre esto?

Cuando le digo a la gente que estudio la relación entre la justicia energética y la vida silvestre, casi siempre aparece una mueca de confusión en sus rostros. “Qué tiene que ver la energía con los animales silvestres y la justicia?”, me preguntan.


Mi respuesta siempre es la misma: piensa en cómo los roedores y otras pestes se meten a tu casa. Ventanas rotas, huecos bajo las puertas, cimientos en ruinas, poco a nula aislamiento: las mismas características que hacen difícil calentar o enfriar un hogar de manera eficiente. Las comunidades minoritarias en Estados Unidos, les digo, no suelen contar con el dinero necesario para mejorar sus hogares, lo que conlleva que sufran para pagar las facturas de servicios públicos cada mes. Un hogar derruido también significa que los residentes están expuestos de manera desproporcionada a roedores y otras pestes, así como a los patógenos que estas traen –desde el Hantavirus y la Leptospirosis hasta el Tifus.

Los gestos de confusión pronto se transforman en frustración. ¿Cómo es posible que algo tan obvio pase desapercibido? ¿qué crisis de salud pública nos espera? Y, más importante, ¿pueden las familias que viven en hogares poco eficientes energéticamente protegerse a sí mismas?

Como un ecólogo con experiencia en el sector de energía y vivienda, he visto cómo permitir que proliferen las plagas en los hogares donde el uso de la energía es ineficiente pone aún más en peligro la salud de personas ya marginadas. Los edificios demasiado calurosos o demasiado fríos que exponen a las personas a las enfermedades transmitidas por roedores pueden estar relacionados con una salud precaria, y las familias a menudo tienen que elegir entre renunciar a alimentos y medicinas o pagar elevadas facturas de energía para seguir viviendo en ese entorno enfermizo.

A pesar de la creciente evidencia que sugiere esta conexión, los investigadores en ecología y energía aún no han empezado a colaborar para estudiar cómo se manifiestan estos vínculos entre la eficiencia energética de los hogares, los animales silvestres y la salud humana. La actual forma de pensar, dividida en compartimientos aislados, estanca nuestra comprensión de estas cuestiones y nos impide diseñar soluciones complejas adecuadas para hacerle frente a las infestaciones de roedores.

Este ensayo también está disponible en inglés

¿Por qué un ecologista está hablando sobre energía y salud?

Empecé a hacerme estas preguntas a finales de 2019. Hasta ese momento, solo me había visto como un ecólogo. Después de luchar por entrar en esa comunidad científica, me convertí en un ecólogo urbano en el Laboratorio de Ecología Aplicada de Vida Silvestre de la Universidad de Michigan (AWE, por sus iniciales en inglés). Realicé estudios sobre la fauna salvaje y análisis de dietas y, aunque disfrutaba mi trabajo, sentía profundamente que no estaba viviendo plenamente una creencia fundamental: que la ciencia “no es sólo ciencia”. Creo que es un deber cívico oponerse a la injusticia, y continuamente me preguntaba cómo se cruzaba la ecología con las desigualdades sociales y cómo podía reducirlas. Insatisfecho con las respuestas que encontré dentro del campo, me uní al Laboratorio de Justicia Energética de la Universidad de Michigan (UEJL, por sus iniciales en inglés), que se especializa en la búsqueda de soluciones para las preocupaciones globales sobre la energía. Allí comenzó mi viaje por los hogares de la gente.

Entré en viviendas de Detroit y, mientras medía la contaminación del aire en su interior, preguntaba a los residentes por su salud y las estrategias que utilizaban para hacer frente a la ineficiencia energética, con el fin de evaluar su calidad de vida. Mientras iba tejiendo una relación con estas personas, empezaron a contarme historias de animales silvestres en sus casas, incluyendo ratones y mapaches. Como ecólogo, me intrigaba cómo un hogar ineficiente puede impulsar la transmisión de enfermedades asociadas a estos animales.

Fue entonces cuando comenzó mi búsqueda. Para mi sorpresa, la única información que existe sobre el tema es la Encuesta Americana de la Vivienda (AHS, por sus iniciales en inglés), que descubrió que las personas que vivían en casas con grietas en las paredes interiores tenían cuatro veces más probabilidades de informar de avistamientos de roedores. Más tarde, busqué obsesivamente por cualquier tipo de recurso que uniera estas dos cuestiones: desde blogs de exterminadores de plagas y folletos de Parques Nacionales, hasta algunos trabajos académicos sobre los lugares de madriguera de mapaches y zorros en zonas urbanas. Pero no encontré nada concreto. Me sorprendió que un tema propicio para la colaboración interdisciplinar no fuera un tema de debate importante entre mis colegas.

¿Cómo se volvió esto un problema? 

Energy Justice

Crédito: Erik Mclean/Unsplash

La inacción frente a las invasiones de roedores y su relación con la justicia energética en las viviendas empieza por el modo en que las ciudades elaboran sus políticas de infraestructuras, energía y vida salvaje. La mayoría de hogares urbanos empiezan mal construidos o se vuelven ineficientes a medida que envejecen y los materiales de construcción se vuelven más fáciles de penetrar para los roedores. No es una sorpresa que casas viejas y en ruinas sean un sinónimo de grandes ciudades, ni que los roedores al parecer hayan evolucionado para sacar ventaja de esas fallas. Cuando roedores oportunistas en busca de un lugar cálido para anidar lejos de los depredadores se refugian en el interior de las viviendas, un solo animal puede convertirse rápidamente en una infestación. Una rata puede colarse por un hueco del tamaño de una moneda de 25 centavos de dólar, aunque a menudo los potenciales puntos de entrada de los huecos de los cimientos y las rejillas de ventilación son mucho más grandes, lo que facilita el acceso. Una vez que roedores como las ratas marrones están dentro, pueden causar aún más daño masticando cables (lo que puede causar incendios), contaminando los alimentos y transmitiendo alérgenos y virus. La incapacidad de Estados Unidos de arreglar su infraestructura, así como las políticas públicas que premian la construcción de viviendas nuevas y baratas, no hacen sino agravar el problema de mantener a los roedores fuera de los hogares.

El hecho de que roedores urbanos como la rata parda y el ratón doméstico no se consideren animales de caza agrava el problema. Debido a esta clasificación arbitraria, los roedores urbanos casi siempre caen en la jurisdicción de los programas de control de vectores, un esquema que no siempre funciona. A menudo se utilizan cebos tóxicos llamados rodenticidas, a pesar de su escaso éxito matando roedores y del riesgo significativo que representan para los animales que se alimentan de roedores que han ingerido la carnada. Los esfuerzos de las ciudades para reducir las poblaciones de roedores en espacios públicos y privados serán inutiles a menos que incorporen programas de manejo de pestes que incluyan la remoción de basuras y el sellado de infraestructura en donde suelen esconderse los roedores.

Aunque entomólogos y exterminadores llevan pregonando un control integrado de ese estilo como el modelo a seguir desde 1944, el gobierno federal aún tiene que reconocerlo como una estrategia eficaz contra las plagas en las ciudades. Por desgracia, es poco probable que esto ocurra, ya que los recientes recortes presupuestarios y los cambios organizativos han dificultado la obtención de fondos para el control integrado de plagas.

A medida que los edificios decaen y se transforman en refugios perfectos para las plagas, se transforman, además, en hogares lejos de ideales para los seres humanos desde un punto de vista de la eficiencia energética – casi un tercio de los hogares estadounidenses gasta más del 10% de sus ingresos en calentar y enfriar sus viviendas. Si bien las familias pueden recibir apoyos económicos por parte del gobierno, deben vivir en altos niveles de pobreza para calificar, y el programa cuenta con fondos limitados, un alcance reducido y largos tiempos de espera. Asimismo, no existe la obligación de informar sobre la eficiencia energética de un edificio, ni mandatos para adaptar las viviendas a niveles de eficiencia aceptables. Como consecuencia, es probable que muchos residentes, incluidos arrendatarios, vivan y paguen por viviendas inadecuadas que pueden poner en peligro su salud sin tener posibilidad alguna de reclamar.

¿Qué podemos hacer?

Si queremos reducir la presencia de invasores salvajes en nuestros hogares, debemos unir a arquitectos, planeadores urbanos, funcionarios de servicios de salud, académicos en el tema de la energía, economistas y ecólogos. Juntos podemos empezar por entender cuántas plagas (y qué enfermedades transmiten) se cuelan dentro de hogares cada año. Ese podría ser el punto de partida para que las instituciones del nivel estatal y federal puedan destinar más dinero para hacer las reformas profundas que necesitan las viviendas, desde los cimientos hasta el tejado. Con demasiada frecuencia, los programas bienintencionados no acondicionan a fondo las viviendas por falta de financiación, lo que significa que las casas apenas son eficientes y hacen poco por excluir las plagas.

La modernización de tantos hogares es una tarea monumental, pero debe suceder si de verdad queremos ver barrios y hogares realmente justos y saludables. Las y los planeadores urbanos también deben evaluar cómo se relaciona la presencia de plagas en hogares con los espacios verdes, evaluando, por ejemplo, si las instalaciones de los parques como los arbustos frutales atraen a coyotes y zorros, que también se alimentan de roedores, o dónde ubicar papeleras cerradas que mantengan a raya a los roedores.

Es poco probable que las ciudades erradiquen a las ratas y ratones urbanos. Son animales engañosamente inteligentes, fecundos procreadores y, con dietas generalistas, pueden vivir comiendo casi lo que sea. Sin embargo, ya es hora de que dejemos de normalizar su presencia en las ciudades, así como debemos dejar de pretender que solucionar los problemas de precarización de la vivienda es cuestión de dar dinero a las personas vulnerables para que paguen los servicios públicos.

El hogar debería ser un santuario. No obstante, para muchos residentes de bajos recursos, su hogar puede ser una pesadilla que los enferma, les cuesta dinero y disminuye su calidad de vida. Los hogares ineficientes atormentan al cuerpo humano. Un futuro ambientalmente justo es uno en el que todos los hogares, sin importar sus ingresos o raza, son cómodos y están libres de pestes, ofreciendo tranquilidad al mantener a salvo a los seres queridos.

Gabriel Gadsden es un estudiante de segundo año de doctorado en ciencias ambientales de la Escuela de Medio Ambiente de la Universidad de Yale. Nació en Carolina del Norte, y está interesado en la conexión entre la justicia energética, la ecología urbana y la salud. Su tesis se enfoca en cómo las desigualdades en el acceso a viviendas energéticamente eficientes afectan la exposición a enfermedades y alergias relacionadas con los roedores en Filadelfia. Más allá de su disertación, trabaja para expandir los paradigmas de distintas disciplinas, incluyendola utilización más amplia de varias iniciativas de justicia medioambiental en ecología, desafiando las percepciones de ciertos paisajes y diversificando la participación del público en la ciencia. Sus cuentas de Twitter: @NcredblyDopeSci y LinkedIn: @Gabriel I. Gadsden.

Este ensayo ha sido elaborado gracias a la beca Agents of Change in Environmental Justice. Agents of Change capacita a líderes emergentes de entornos históricamente excluidos de la ciencia y el mundo académico para reimaginar soluciones para un planeta justo y saludable.

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