La investigación y alcance en la lucha por la dignidad de los desamparados

La investigación y alcance en la lucha por la dignidad de los desamparados

Yo fui estigmatizada como mujer homosexual en la zona rural de Kentucky. Mi búsqueda personal por la igualdad de derechos ahora delata mi impulso a favor de una salud pública renovada para las personas desamparadas.

"Nunca conocí a un kentuckiano que no estuviera pensando o en regresar a casa o que ya realmente hubiera regresado a casa". - Senador de Kentucky A.B "Happy" Chandler.


No hay nada como la belleza y la comodidad que encuentro en mi estado natal de Kentucky: desde el bluegrass (grama) característico del estado y los impresionantes cañones de Red River Gorge hasta el letrero de "Bourbon Capital of the World" (la Capital Mundial del Bourbon) que indica que estoy casi llegando a casa cuando voy de visita.

Estos lugares representan mis raíces y crecimiento, donde me convertí en mi auténtico yo.

Crecí en una granja entre las colinas y las destilerías de bourbon de renombre mundial de la región de Kentucky Knob y no podía esperar más para mudarme a la ciudad (Lexington, Kentucky) después de graduarme de la escuela secundaria. Pasé ocho años cruciales entre las granjas de caballos y bluegrass (gramas) de Lexington, completando mis títulos de licenciatura y maestría.

Al reflexionar sobre este período crucial de mi vida, el terreno escarpado y los caballos desenfrenados me recuerdan los obstáculos que superé como académica de primera generación y la pasión que me alimenta (casi) todos los días. A medida que descubrí más sobre mi identidad en esos años, el intrincado sistema de cañones de Red River Gorge con sus enormes rocas, acantilados de arenisca y cascadas ha llegado a ejemplificar mi viaje para descubrir y aceptar mi homosexualidad. Cada paso y respiración que tomé, entre las hojas y el agua representa espacios nuevos y emocionantes que continuamente estoy explorando y comprendiendo dentro de mí.

Copperas Falls en Red River Gorge cerca de Campton, Kentucky (Crédito: April Ballard)

Mentiría si dijera que siempre me he sentido así acerca de Kentucky. Mi amor es del tipo que ha evolucionado con el tiempo, provocando que me mude y darme cuenta de que el estado de la relación "es complicado" puede aplicarse a algo más que a una pareja romántica.

Desafortunadamente, como mujer homosexual, este estado y su gente no siempre han sido amables conmigo. Crecí en un entorno que me hacía avergonzar de quién era, un entorno que se rehusaba a reconocer mi identidad o mis derechos humanos básicos.

Desde una temprana edad, me dijeron que ser homosexual estaba mal. Nunca vi parejas del mismo sexo. Y se hablaba de la homosexualidad en susurros y con incomodidad; la gente en las barbacoas chismorreando sobre el mejor amigo del primo de esta persona, o sobre ese vecino reservado que se guarda las cosas para si mismo.

He luchado por sentirme digna debido a la culpa y la vergüenza por ser homosexual, porque muchos de mis seres queridos han borrado y continúan borrando mi identidad. Me reducen a ser simplemente "liberal". Nunca me han preguntado sobre mi identidad sexual, pero les encanta preguntar dónde está mi amiga durante las reuniones familiares. Me dejan con sentimientos de culpa por ser la niña "problemática".

Este ensayo también está disponible en inglés

Estar en un entorno así hizo que escondiera partes de mí misma. Oculté partes de mí, escondiéndolas tan bien que incluso yo misma olvidé que estaban allí. Luego pasé la edad adulta en busca de mi dignidad. Tuve que descubrir mi verdadero yo, descifrar entre las partes que creé para hacer feliz al mundo y las que realmente soy yo. Los lectores homosexuales saben exactamente de que estoy hablando.

Mi búsqueda personal de dignidad e igualdad de derechos me conecta con aquellos que a menudo experimentan el estigma y son despojados de su dignidad. Da forma e impulsa mi trabajo como científica en salud ambiental mientras busco abordar las condiciones ambientales y sociales que impactan la capacidad de una persona para tener acceso al agua, el saneamiento y la higiene mientras se esté desamparado. Debido a mis luchas y experiencias, ahora fundamento mi trabajo activa e intencionalmente por la dignidad y los derechos humanos. Así como se me ha brindado la oportunidad de sentirme orgullosa de mi homosexualidad, las personas que se encuentran sin hogar merecen sentirse respetadas, valoradas y vistas independientemente de su estado de vivienda.

Más allá de "lo básico"

Campamento para personas sin hogar en el centro de Los Ángeles. (Crédito: Russ Allison Loar/flickr)

La falta de vivienda es una crisis nacional en curso que afecta de 2.3 a 3.5 millones de personas en los Estados Unidos (EE. UU.) cada año. Las condiciones económicas durante la pandemia de COVID-19 pueden dejar a cientos de miles más sin hogar: sólo en la semana pasada, 85 millones de hogares lucharon para pagar sus gastos domésticos habituales y 14.3 millones de adultos que viven en viviendas de alquiler no están al día con la renta, según los datos recopilados en diciembre.

Cuando hablamos de las luchas y las necesidades de las personas desamparadas (aquí se puede encontrar más información sobre la importancia del lenguaje centrado en las personas), a menudo nos dirigimos hacia "lo básico": comida, agua, calefacción y ropa. Y si bien es cierto que estos son esenciales para la supervivencia, este enfoque define nuestras necesidades como seres humanos de manera demasiado estrecha y no incluye la dignidad. Fallamos en preguntar:

¿Dónde pueden conseguir agua potable las personas desamparadas?

¿Para qué más necesitan agua (higiene personal, lavarse las manos) y dónde pueden conseguirla?

¿Es suficiente la ropa por sí sóla o las personas necesitan bañarse con regularidad y tener ropa limpia para satisfacer sus necesidades básicas?

¿Dónde entra el saneamiento (o los baños) en esto? ¿Dónde orinan y defecan las personas desamparadas? ¿Por qué usan estos lugares?

¿Y, cuáles son los impactos físicos, mentales y emocionales de todo esto?

La dignidad para las personas que están desamparadas en relación con el agua, el saneamiento y la higiene rara vez se discute en los EE. UU. Esto se debe a que las estimaciones nacionales indican que los ciudadanos de EE. UU. tienen acceso casi universal (> 99 por ciento) a los servicios básicos de agua y sanidad, y porque dependemos de los baños e instalaciones de lavandería principalmente dentro de nuestras casas: todo en un sólo lugar.

Como muchos de ustedes que están leyendo esto, me despierto cada mañana y camino por el pasillo para lavarme los dientes en el baño. Bebo agua del grifo de mi cocina. Orino y defeco usando mi inodoro y me lavo las manos en mi baño. Y me ducho por la noche en ese mismo baño antes de acostarme. Todos estos movimientos se hacen sin pensarlo, salvo aquellos por estar sobrecargados de los costosos productos para la menstruación (el "impuesto al tampón") y la compra de papel higiénico (# thankscovid19 #graciascovid19).

Esta no es la realidad para las personas desamparadas.

En cambio, aquellos que viven en campamentos en Fresno, California, caminan una milla y media para acceder a las fuentes de agua potable más cercanas. Se ven obligados a orinar y defecar en público porque no hay baños públicos cercanos y se les niega el acceso a las instalaciones en los comercios locales.

Las mujeres que viven en albergues y en las calles de la ciudad de Nueva York se enfrentan a un número insuficiente de retretes limpios, en funcionamiento, seguros y privados, y a una existencia inadecuada de artículos como papel higiénico y productos para la menstruación. Ellas también informan de una pérdida de dignidad porque tienen que lavarse el cuerpo en los baños en lugares como McDonald's. Experimentan estigma y sentimientos de vergüenza debido a la posibilidad de pérdida de sangre menstrual y olor como resultado de la incapacidad de cambiarse y bañarse según sea necesario.

Y estas dificultades se extienden más allá de los límites de la ciudad, impactando el creciente número de poblaciones rurales que se encuentran sin hogar, aunque investigaciones limitadas se han enfocado en las personas desamparadas en las comunidades rurales.

Ya sea en grandes áreas metropolitanas o en las montañas de los Apalaches rurales, con demasiada frecuencia no consideramos las circunstancias que enfrentan las personas desamparadas todos los días y cómo nuestras investigaciones, programas y políticas pueden contribuir a tales circunstancias. Suponemos que si construimos instalaciones, vendrán, pero el resultado son enfoques ineficaces que contribuyen a disminuir la valoración propia y la autoestima entre las personas que se encuentran desamparadas.

Pero hay un camino a seguir. Mediante el uso de enfoques de reducción de daños, basados en la justicia y los derechos humanos, y centrando a las personas desamparadas en nuestra toma de decisiones y políticas, podemos crear enfoques humanistas y equitativos para abordar las necesidades de agua, saneamiento e higiene de las personas sin hogar y las necesidades emocionales relacionadas a la salud mental y física que resultan de necesidades insatisfechas. Mi trabajo inicial en Appalachia me ayudó a volver a imaginar cómo puede ser un buen trabajo en el área de la salud pública.

Reflexiones desde Appalachia

Author April Ballard refilling water at a Love Beyond Walls handwashing station for people experiencing homelessness residing in an encampment in Atlanta, Georgia. (Credit: Alison Hoover)

Mi trabajo con el agua, saneamiento e higiene entre aquellos sin vivienda estable, comenzó en medio de las montañas y los huecos de los Apalaches centrales, donde la epidemia de opioides ha golpeado con fuerza y hay escasos recursos sociales, económicos y de atención médica.

Después de graduarme de mi programa de maestría, comencé a trabajar como asistente de investigación en Appalachian Kentucky. Mientras trabajaba en proyectos centrados en el uso de sustancias controladas, hablé con muchas personas desamparadas y luego realicé un estudio para comprender sus experiencias con el agua, el saneamiento y la higiene; el primero de su tipo en la América rural.

También me encargaron de ser la coanfitriona de las comidas comunitarias al aire libre para involucrarme y reclutar participantes. La gente pasaba por comida gratis y se quedaba para bromear y divertirse un poco.

Tomó algo de tiempo a las personas en abrirse y superar su escepticismo. Después de todo, estaba repartiendo comida gratis en estacionamientos aleatorios. Pero con el tiempo, mis relaciones con la gente crecieron al igual que la profundidad de nuestras conversaciones.

A la larga, escuché muchas historias de personas sin hogar y personas que consumen drogas. Escuché a la gente describir su profunda necesidad de dignidad y respeto; noté su necesidad de tener contacto visual, de que recuerden su nombre, y ser tratados como un seres humanos.

Las palabras de una mujer en particular se quedaron grabadas en mí. Ella me explicó el impacto que las palabras dañinas de otras personas tuvieron en ella, diciendo que una vez que escuchas algo lo suficiente, comienzas a creerlo. "Te miran como si estuvieras loca o no estarías en la situación en la que estás, pero no tienes que estar loca para ser pobre".

Fue a través de estas historias y la navegación hacia mi propia identidad que me di cuenta de la importancia de la dignidad. Me di cuenta de la importancia de escuchar a las personas a las que quería ayudar.

Ahora, como científica y profesional en la salud ambiental, busco desarrollar estrategias de salud pública que reduzcan los daños asociados con el desamparo, como proporcionar jabón para lavarse las manos para prevenir la propagación del coronavirus o proporcionar una cantidad suficiente de suministros de articulos para la menstruacion para la salud e hygiene personal y prevenir las infecciones del tracto reproductivo y el estigma del período (menstruación). Me esfuerzo por colocar la dignidad en el centro de lo que hago al hacerle preguntas a la gente como "¿qué quieres?" y "¿cómo lo quieres?"

Reimaginando los enfoques en la salud pública para las personas desamparadas

The Umoja Village Shantytown in Miami, Florida. (Credit: Danny Hammontree/flickr)

He integrado estos principios en mi propio trabajo ahora en Atlanta, Georgia, la ciudad con la mayor desigualdad de ingresos en todo los Estados Unidos y una creciente población de personas desamparadas.

Durante la pandemia, he estado entregando suministros de higiene, productos para la menstruación y anticonceptivos a las personas desamparadas junto a mis colegas, lo que llamamos "paquetes de dignidad". Los productos proporcionados permiten a las personas satisfacer sus necesidades, prevenir la transmisión del coronavirus y promover la salud sexual y reproductiva. Nuestro equipo de investigación recopila opiniones a través de entrevistas y ajustamos los contenidos y nuestro enfoque semana a semana en función de la orientación de las personas desamparadas. Este enfoque permite a las personas desamparadas dictar qué productos están disponibles para ellos y cómo los reciben.

La retroalimentación directa nos permitió dar un giro a los kits de higiene tradicionales que están estandarizados y preenvasados. En cambio, preparamos una mesa donde las organizaciones locales están proporcionando alimentos. Dejamos que las personas seleccionen los artículos que quieren (humanismo) para satisfacer sus necesidades agudas (pragmatismo), como agarrar unas barras de jabón para lavarse las manos y el cuerpo. Dejamos que cualquiera (derechos humanos) tome cualquier artículo sin requisitos, sin preguntas (autonomía).

Estamos orgullosos de nuestros esfuerzos, pero en todo Estados Unidos todavía hay mucho trabajo por hacer. Los refugios y las empresas privadas luchan abrumadoramente por satisfacer las necesidades de agua, saneamiento e higiene de las personas desamparadas; ambos no satisfacen las necesidades humanas críticas debido a las condiciones que perpetúan inadvertidamente el estigma.

Los refugios son necesarios y a menudo bien intencionados, sin embargo, la capacidad limitada y los escasos recursos asignados a ellos conducen a condiciones como inodoros rotos y sucios, abastecimiento inadecuado de artículos de necesidad para el baño y falta de privacidad que hacen que quienes intentan acceder a los servicios se sientan degradados y devaluados. Los requisitos para acceder a los recursos e instalaciones, como "el deseo de mantenerse limpio" y "trabajar activamente para acabar con el desamparo", promocionan y perpetúan los estereotipos. Y las empresas que examinan a quienes piden usar el baño y niegan el acceso a quienes consideran inaceptables, contribuyen a la extrema marginación que experimentan quienes no tienen hogar.

Como investigadores y profesionales de la salud pública, es nuestro trabajo hacer y demander mejorías

Necesitamos exigir el apoyo y la financiación del gobierno para garantizar el acceso al agua, el saneamiento y la higiene para las personas desamparadas. Necesitamos ampliar los enfoques existentes para reducir la carga que enfrentan los refugios y las empresas de propiedad privada. Y tenemos que reinventar nuestras estrategias; debemos enfocarnos en la dignidad.

Esto significa utilizar enfoques pragmáticos: buscar reducir el daño (enfermedad infecciosa) a medida que las personas continúan experimentando la falta de vivienda, reconociendo que la eliminación de la falta de vivienda puede no ser alcanzable o deseable.

Esto significa emplear enfoques basados en el humanismo que valoren el respeto, el valor y la dignidad de las personas desamparadas. Se deben buscar a las personas donde ellas se encuentren y no se debe usar lenguaje y políticas estigmatizantes.

Esto significa permitir la autonomía, respetando las decisiones tomadas por las personas, incluso si esas decisiones pueden causar daño a sí mismas. No se deben exigir condiciones previas para recibir servicios y no se deben prevenir los comportamientos (consumo de drogas), ya que pueden quitarle la autonomía a la persona y causarle angustia.

Esto significa proteger los derechos humanos, proporcionando servicios equitativos, sin prejuicios y basados en pruebas, sin condiciones. Ninguna persona debe ser excluída por su condición de indigente, consumo de drogas, orientación sexual o raza.

Mi búsqueda de la dignidad que comenzó dentro de las fronteras del estado de Bluegrass (las colinas de la región de Bluegrass, los acantilados de Red River Gorge y las montañas Apalaches) me han ayudado a formarme como profesional de la salud pública y a reinventar lo que el trabajo centrado en la dignidad en el campo de la salud pública debería ser. Al aprovechar los principios de reducción de daños (pragmatismo, humanismo, autonomía y derechos humanos) y colocar a las personas desamparadas al frente de la toma de decisiones, podemos crear intervenciones de salud pública equitativas y efectivas que empoderen a las personas que estamos tratando de ayudar.

April Ballard, MPH, es candidata a doctorado en el Programa de Ciencias de la Salud Ambiental de la Escuela de Graduados Laney y la Escuela de Salud Pública Rollins de la Universidad de Emory. Puede comunicarse con ella en april.ballard@emory.eduo en Twitter @April_M_Ballard

Este ensayo es parte de "Agents of Change", una serie continua que presenta historias, análisis y perspectivas de líderes de salud ambiental de próxima generación que provienen de antecedentes históricamente subrepresentados en ciencia y academia. Los ensayos de la serie reflejan las opiniones de los autores y no las de EHN.org o la Universidad George Washington.

Fotografía del encabezado: la autora April Ballard entregando 'Paquetes de dignidad' para personas sin hogar en Atlanta, Georgia (Crédito: Alison Hoover)

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