La ciencia helicóptero no funciona; la justicia ambiental proviene de comunidades empoderadas

Los investigadores tienen que cambiar hacia asociaciones comunitarias reales que enfaticen la sostenibilidad y creen oportunidades para el cambio medioambiental.

"Aprender del pasado, prepararse en el presente, para defender el futuro" - Artista indígena, Gord Hill (Kwakwaka'wakw)

Al crecer en Detroit, fui testigo de la intersección de la raza, la pobreza y las disparidades en materia de salud.

Detroit tiene una historia de divisiones raciales, sociales y económicas profundamente arraigadas, que afectan las opciones en materia de vivienda, educación y medios de vida.

Detroit -casi un 80% de afroamericanos- es la mayor ciudad de minorías de Estados Unidos y la segunda más empobrecida. La expectativa de vida de quienes viven en la ciudad es aproximadamente 15 años menor que la de la media de los habitantes de los suburbios cercanos. Estos son los efectos de las políticas racistas, las prácticas racistas y el racismo ambiental.

Detroit es el reflejo de muchas ciudades que tienen vecindarios con recursos mínimos, una infraestructura deficiente y una pobreza concentrada. Los residentes de mi vecindario sufren la exposición a los vertederos, la contaminación del aire y del agua relacionada con la industria, el aumento de la presencia de licorerías y restaurantes de comida rápida, y la escasez de tiendas de comestibles saludables y asequibles.

Esto alimentó mi deseo de defender y ayudar a las comunidades a luchar por la equidad en la salud y la justicia ambiental. Con demasiada frecuencia, las comunidades de color reciben opciones alimentarias más pobres, una contaminación excesiva y recursos limitados. La investigación sobre la justicia ambiental en estas comunidades ha fracasado en gran medida a la hora de involucrar a los participantes de una manera significativa que impulse el cambio o les dé a los residentes más poder sobre su situación.

Pero un giro hacia la investigación comprometida con la comunidad ofrece una forma de ir más allá de la ciencia extractiva y dar voz a las ciudades pocas representadas.

Los códigos postales no deberían predecir la salud

Refinería de Detroit de Marathon. (Crédito: ddatch54 / flickr)

En los EE.UU., el lugar donde vive una persona está directamente relacionado con su salud. Las disparidades relacionadas con el COVID-19 han hecho esto aún más evidente. Los entornos en los que residen las comunidades negras, morenas y de bajos ingresos son drásticamente diferentes a los de sus contrapartes blancas. Cuando se observa la intersección entre raza, clase y lugar, las comunidades más afectadas por esta pandemia son las mismas comunidades que han sido olvidadas en gran medida. Muchas comunidades de bajos ingresos y de color tienen:

  • Opciones de comida limitadas (exceso de restaurantes de comida rápida y escasas tiendas de comestibles) y condiciones inadecuadas del vecindario (falta de seguridad) que contribuyen a la proliferación de la hipertensión, la diabetes y la obesidad;
  • La contaminación de las aguas subterráneas y la excesiva toxicidad del plomo resultante de las infraestructuras anticuadas (pintura con plomo y tuberías viejas) que dan lugar a mayores tasas de hipertensión, daños renales y pueden afectar a los resultados del nacimiento y el desarrollo;
  • Altos índices de degradación del vecindario (vertederos ilegales) que dan lugar a un aumento de las plagas, los roedores, las enfermedades, las infecciones y la angustia;
  • Tasas más altas de partículas (PM2.5)/contaminación del aire como resultado de los desechos peligrosos y otros lugares contaminantes (instalaciones nocivas, incineradoras, plantas nucleares en las vías de transporte y los sitios del Superfondo) que provocan tasas más altas y graves de asma, así como riesgos elevados de leucemia y cáncer.

Estas desigualdades medioambientales han estado presentes en nuestro país durante décadas. Estas injusticias no son una mera casualidad: el acceso a la vivienda, al desarrollo comunitario y a los recursos saludables, o la falta de ellos, está vinculado a una historia de prácticas discriminatorias en este país que continúa en la actualidad.

Aunque muchos entienden que la discriminación es una práctica histórica que explota, carece de recursos y apuntó a los vecindarios de bajos ingresos y afroamericanos, la mayoría no se da cuenta de que la explotación financiera sigue ocurriendo.

Este ensayo también está disponible en inglés

Cuando era más joven, mi madre quería que nos mudáramos a una comunidad vecina. En aquel momento, la casa costaba alrededor de unos 25.000 dólares, su crédito era estelar, también contaba con el respaldo de otro miembro de la familia y, en conjunto, sus ingresos eran más que suficientes. Sin embargo, sin fundamento nos negaron el préstamo hipotecario. Esta es una experiencia típica para muchos afroamericanos en Detroit, quienes hoy en día siguen teniendo el doble de probabilidades de que se les nieguen los préstamos hipotecarios que a sus homólogos blancos. Esto restringió a mi familia a un vecindario menos que ideal, con menos recursos, tiendas de comestibles inferiores y oportunidades de inversión limitadas.

La discriminación histórica y actual permite a ciertas comunidades tener y a otras luchar. Y debido a que la riqueza, y a menudo la blancura, se traducen en un mayor poder económico y por consiguiente poder político, las comunidades de color tienen menos capacidad de resistencia. Pero como investigadores, podemos ayudar a cambiar esto.

Creando capacidad comunitaria

Miles de personas tomaron las calles de Detroit antes del debate presidencial demócrata el 30 de julio de 2019. (Crédito: Climate Justice Alliance / flickr)

Estas disparidades en la salud son el resultado de la economía, de problemas relacionadas con la equidad y la igualdad, y de las dinámicas de poder que afectan a la distribución de los recursos y a las decisiones políticas. Este es un fenómeno que ha sido estudiado por expertos desde hace más de 50 años bajo el paraguas de la justicia ambiental.

Todas las comunidades tienen derecho a las protecciones que fomentan un ambiente saludable, y todos los miembros de la comunidad tienen derecho a participar en las decisiones que afectan a su comunidad, su salud y sus medios de vida. La participación activa de la comunidad en la resolución de problemas y en la toma de decisiones es uno de los medios para abordar el racismo ambiental. La capacidad de exigir cambios políticos, sociales y estructurales requiere el poder de la comunidad. Por esta razón, la creación de capacidad en las comunidades es vital para reparar la injusticia ambiental.

El desarrollo de la capacidad comunitaria requiere el fortalecimiento de las características que permiten a una comunidad movilizarse y abordar sus problemas. Estas características incluyen:

  • La creación de habilidades y el desarrollo del liderazgo, como la capacitación en defensa de la causa, la resolución de conflictos y las habilidades de comunicación, la resolución de problemas y la planificación estratégica;
  • Aumentar el poder de la comunidad potenciando las experiencias vividas y permitiendo el acceso a los datos científicos, así como creando oportunidades para participar en los procesos de toma de decisiones;
  • La creación de asociaciones y el desarrollo de estrategias que estén alineadas con las necesidades, los valores y los objetivos de la comunidad.

En mi investigación, trato de entender cómo se están fortaleciendo estas características, cómo se están involucrando a las comunidades, cómo se está redistribuyendo el poder dentro de las comunidades para abordar sus preocupaciones, y si esos esfuerzos están logrando cambios impactantes y sostenibles.

Por ejemplo, en mi investigación más reciente, analicé tres décadas de estudios relacionados con los problemas de contaminación y descubrí que la mayoría de las investigaciones se centraban en la "fruta al alcance de la mano" del desarrollo de capacidades. Los investigadores a menudo se involucran mínimamente con las comunidades a través del reclutamiento, ofreciendo incentivos, educando a los residentes a través de foros y ayudando a crear o ampliar las asociaciones y redes.

Estas actividades de la "fruta al alcance de la mano" no son suficientes porque a menudo son extractivas, pues toman de la comunidad más de lo que dan. Muchos estudios no enfatizaron los valores de la comunidad ni en sus necesidades, ni ofrecieron oportunidades en las que su investigación pudiera utilizarse para aprovechar y comprender las causas profundas ni para identificar los retos históricos y avanzar en la resolución de esos problemas subyacentes, ni para construir un liderazgo de forma significativa. Además, la mayoría de los estudios no consiguieron ningún cambio político o medioambiental.

También soy la evaluadora principal de la Academia de Justicia Ambiental (EJ) de la EPA de EE.UU. y las conclusiones de mi trabajo corroboran aún más esta falta de adecuación de la investigación académica a las necesidades de la comunidad. Tras participar en la Academia, los líderes de la comunidad pusieron en marcha un proyecto específico en sus respectivos vecindarios para abordar un problema de justicia ambiental. La mayoría de estos proyectos se centraron en el desarrollo de habilidades y la capacitación, la alineación de los proyectos con los valores de la comunidad, el aprovechamiento de los recursos existentes, la reflexión crítica y el desarrollo del liderazgo.

Un proyecto en particular consiguió una pequeña victoria política con la instalación de un par de señales de alto. Aunque esto no es necesariamente un gran problema para la persona promedio, estas señales de alto estaban situadas en una comunidad que los semi-remolques utilizaban como atajo, lo que generaba altos niveles de contaminación por diésel. Estas fuentes de contaminación afectaban significativamente a la escuela primaria del vecindario, con altos índices de niños con asma. Las señales de alto se convirtieron en un elemento para disuadir a los camiones, reduciendo el tráfico y la contaminación. Como resultado de los aprendizajes de la Academia de Justicia Ambiental con respecto a la movilización de la comunidad y el desarrollo de asociaciones, esta pequeña victoria para un pequeño vecindario ha tenido un gran impacto en la salud de muchos en la comunidad.

No sólo lograron el cambio ambiental deseado y avanzaron en los esfuerzos para el cambio de políticas, sino que estos proyectos impulsaron, empoderaron y, lo que es más importante, invirtieron en los esfuerzos de renovación de la comunidad, no en los extractivos. Sin duda, se pueden extraer lecciones de los proyectos comunitarios de la Academia de Justicia Ambiental que han tenido éxito y aplicarlas al ámbito académico, ya que una mayor alineación con las necesidades y los valores de la comunidad puede conducir, en última instancia, a un mayor impacto.

Hay un desajuste en la investigación sobre justicia ambiental

Frontline Detroit March y Rally en 2019. (Crédito: Alianza por la Justicia Climática / flickr)

Desafortunadamente, el mundo académico tiene un historial de ciencia helicóptero, en el que los investigadores recogen datos con poco o ningún compromiso con la comunidad o los investigadores locales. Es necesario cambiar el enfoque más allá del mero compromiso para la recopilación de datos a una verdadera asociación que haga hincapié en la sostenibilidad, impulse a la comunidad y cree una oportunidad para un cambio en la política, los sistemas y el medio ambiente. Mejorar la capacidad de una comunidad no es fácil, pero para promover la solidaridad debemos esforzarnos por lograr una auténtica colaboración.

Es cierto que no todos los estudios de investigación tienen la intención de realizar cambios políticos, sistémicos o ambientales. Además, los ciclos de financiación de la investigación, a relativamente corto plazo, hacen que el cambio a largo plazo sea más desafiante. Sin embargo, la investigación debe ser siempre mutuamente beneficiosa y estar alineada con los valores y necesidades de la comunidad que se está estudiando.

Cambiar a un enfoque en las comunidades

Niños jugando en el Riverwalk de Detroit. (Crédito: Steve Swartz / flickr)

Entonces, ¿por dónde empezamos y cómo llegamos allí?

En primer lugar, hay que reorientar la forma en que interactuamos con las comunidades, lo que se considera una buena práctica y lo que se prioriza en el ámbito de la investigación. Sabemos que el racismo es tóxico, pero la ciencia helicóptero y la ciencia extractiva que pincha y provoca a las comunidades afectadas es igualmente tóxica.

En segundo lugar, en su esencia, la justicia ambiental se basa en las relaciones. Debemos implicarnos de verdad en la comunidad para generar confianza; crear soluciones que sean prácticas, eficaces y sostenibles; garantizar que los afectados compartan y lideren el proceso de toma de decisiones; y elevar la investigación para mantener un enfoque principal de equidad y justicia.

La estructura de la Academia EJ proporciona un gran modelo para cambiar la orientación hacia la comunidad. El marco utiliza 7 componentes básicos: identificación de problemas, desarrollo del liderazgo, creación de consenso, asociación, compromiso constructivo, gestión y evaluación. Al centrarse en estos, la Academia nos enseña a centrar el trabajo en las prioridades de la comunidad y a cultivar una visión compartida para abordar las preocupaciones de la comunidad. Estas enseñanzas pueden ayudar a reorientar a los investigadores universitarios para infundir en su investigación la inclusión, la equidad, las prácticas impulsadas por la comunidad y las relaciones.

Esto es el desarrollo de capacidades, y esto es también lo que significa ser un investigador comprometido con la comunidad. Es intencional y se basa en interacciones comunitarias auténticas. Se basa en el respeto y fomenta las asociaciones entre quienes tienen experiencias vividas en el punto de colisión de la justicia social y ambiental. Es un cambio fundamental en la forma en que nosotros, como investigadores, científicos y académicos, interactuamos con las personas de nuestras comunidades de investigación.

Para mí, como científica del comportamiento, mi afinidad por la salud pública, la justicia ambiental y la comunidad son personales y profesionales, ya que están profundamente ligadas a mi moral y mi ética. Mi crianza en Detroit ha moldeado mi deseo de impactar verdaderamente las vidas y los medios de subsistencia de las comunidades marginadas de las que provengo y con las que estoy.

Es esta interconexión del pasado y la alta consideración en la actualidad del presente, lo que impulsa este deseo de perturbar y agitar el statu quo.

Dana Williamson, PhD, MPH es una becaria de salud ambiental de la ASPPH (Asociación de Escuelas y Programas de Salud Pública) alojada en la Agencia de Protección Ambiental de los Estados Unidos. También es graduada del programa Robert Wood Johnson Foundation Health Policy Research Scholars.


Este ensayo ha sido elaborado gracias a la beca Agentes de Cambio en la Justicia Ambiental (Agents of Change in Environmental Justice). Agentes de Cambio (Agents of Change) empodera a los líderes emergentes de entornos históricamente excluidos en la ciencia y la academia para replantear soluciones para un planeta justo y saludable.

Fotografía del encabezado: Mural en Detroit. (Crédito: Fotografía de Mike Boening / flickr)

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